LA GRAN BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

20 nov
20 noviembre, 2012

La batalla de las Navas de Tolosa representó sin duda uno de los acontecimientos más importantes y decisivos en la Reconquista española, tras el cual nada en la España del Al-Ándalus volvió a ser lo mismo y el avance cristiano hacia la recuperación de su territorio histórico resultó inevitable.

Tras el paso por España del califato Omeya, que llegó hasta tierras españolas desde sus orígenes orientales de Damasco y que estableció su sede en Córdoba edificando la esplendorosa e histórica ciudad de Medina Azahara, llegaron en 1085 los almorávides y, pasado un siglo, finalmente los almohades, dinastía marroquí de origen bereber que combatió principalmente contra los ejércitos del norte peninsular y que derrotó en la histórica batalla de Alarcos (1195), a las tropas castellanas de Alfonso VIII de Castilla.

Los almohades, que habían nacido en el territorio del Marruecos actual durante el siglo XII y que fueron los responsables de gran parte del arte árabe presente hoy en España (con las sevillanísimas Torre del oro y Giralda como máximos exponentes), siempre tuvieron como objetivo primordial una invasión total de la península Ibérica, algo que ninguno de sus predecesores musulmanes había conseguido y que representaba para ellos una obsesión en su lucha por conquistar terreno para el Islam. De esta manera, en el año de 1211, y en el apogeo territorial de un Imperio Almohade que pocos años antes había llegado a conquistar las islas Baleares, el gran califa Al Nasir preparó un gran ejército destinado a iniciar una invasión total de los territorios cristianos de la península. Dicho ejército era de tal dimensión, que las propias crónicas árabes de la época lo cifran en 600.000 guerreros árabes, si bien la realidad lo aproxima a una cantidad más cercana a los 160.000 soldados.

Aquel grandioso y brutal contingente almohade iba a hacer frente a un conjunto de Reinos cristianos que desde muchos siglos atrás ya compartía características comunes y que estaba conformado por los cinco Reinos de la Hispania de entonces, todos alerta ante aquel levantamiento de Al Nasir y todos convencidos de su deber de permanecer unidos si pretendían poder frenar el avance de los almohades: El Reino de Aragón, con Pedro II a la cabeza; el Reino de Castilla, con el gran Alfonso VIII; el Reino de Navarra, con en gran monarca Sancho VII; y finalmente el Reino de Portugal, reconocido por Castilla en el año de 1143.

De esta forma, y conscientes los cristianos españoles de la necesidad de ayuda por parte de los Reinos cristianos de Europa, el Rey castellano Alfonso VIII convenció al Papa Inocencio III para que proclamara aquella lucha como una Santa Cruzada contra los Almohades, e inició en 1212 un período de alistamiento voluntario a aquella misión sagrada, que obtuvo el fuerte respaldo esperado y que atrajo de inmediato a miles de caballeros provenientes de todos los reinos cristianos de Europa.

Una vez conformadas las bases de aquel ejército de cruzados, en el mes de mayo de 1212, el Rey de Castilla agrupó en Toledo a todas las tropas, españolas y extranjeras, que iban a participar en aquella gloriosa incursión hacia los territorios del sur. Toledo, ciudad en la que en aquel tiempo convivían a la perfección la cultura árabe, la judía y la cristiana, resultaba incómoda para los soldados europeos, que a diferencia de los españoles no estaban acostumbrados a compartir su espacio vital con culturas tan distantes por aquel entonces pero que los españoles, paradójicamente, llevaban siglos sabiendo complementar a la perfección con sus hábitos normales de vida. Por dicho motivo, y tras varios enfrentamientos menores, los cristianos españoles no pudieron hacer nada por evitar que finalmente los extranjeros arrasaran la judería toledana, provocando cierta molestia en las filas cristianas españolas, que finalmente prefirieron olvidar lo ocurrido por el bien de la causa común que en aquel tiempo ocupaba un lugar primordial.

Finalmente, una vanguardia de cerca de 100.000 hombres, comandados por don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya y mano derecha de Alfonso VIII de Castilla,  partió de Toledo en la soleada mañana del 20 de Julio de 1212. Días mas tarde, y tras una larguísima marcha, los cruzados extranjeros de aquel ejército casi extasiado, arrasaron el castillo de Malagón sin mediar palabra alguna y llevando a cabo atrocidades tales que volvieron a provocar el profundo enfado de las tropas cristianas hispanas y del propio Rey Alfonso de Castilla, que consideraba que la batalla que debía librarse no era aquella sino la que enfrentaba a sus tropas con el ejército almohade que días después encontrarían. Estos continuos episodios de distanciamiento entre cruzados españoles y extranjeros fueron sucediéndose uno tras otro, hasta que los cruzados extranjeros decidieron abandonar en bloque aquella trascendental misión militar cuando, tras llegar Alfonso VIII a la fortaleza de Calatrava (que había sido perdida años atrás por los templarios), negoció la rendición de sus tomadores a cambio de no luchar y sin derramamiento alguno de sangre.

La nueva situación del ejército cristiano, que pasaría a prescindir de casi un tercio de sus efectivos tras la retirada de los cruzados extranjeros, no hizo caer en el desánimo a las tropas, que decidieron seguir adelante y combatir, conscientes de la relevancia histórica de su misión y a pesar de saberse en inferioridad numérica (unos 70.000 soldados), frente al ejército almohade. Unos cuantos kilómetros más al sur, en las faldas de Sierra Morena y enclavado en un imponente campamento llamado “La mesa del Rey”, el gran califa Al Nasir esperaba pacientemente la llegada de aquel ejército cristiano.

Dicha llegada de nuestro ejército a las estribaciones de Sierra Morena tuvo lugar durante los primeros días del mes de Julio, y vino seguida de momentos de gran dificultad estratégica para las tropas dadas las enormes dificultades orográficas que presentaba la entrada norte de Sierra Morena, con el paso de Despeñaperros como principal enemigo geográfico y con gigantescos riscos y valles. Ante aquellas dificultades, que imposibilitaban el acceso a los cristianos, cuenta la leyenda que un humilde pastor se encontró casualmente con las tropas hispanas, ayudándolas a atravesar los riscos por un punto estratégico de la sierra y conduciéndolas hasta alcanzar el área en la cual se encontraba el campamento de Al Nasir, que tras percatarse de la nueva situación armó a sus guerreros y se preparó para el combate. Era el día 15 de Julio de 1212 y los dos ejércitos se encontraban finalmente frente a frente.

Al Nasir dispuso sus hombres y aquella madrugada los Reyes y Generales del ejército cristiano prepararon a sus hombres para vencer o morir, arengándoles para la batalla, encomendándose a Dios Todopoderoso y ordenando a todos sus sacerdotes impartir la Confesión y la Santa Comunión a cada uno de los soldados, en aquella larga y estrellada noche que precedía inevitablemente al combate final. Al amanecer del día siguiente, 16 de Julio, las tropas cristianas divisaron a lo lejos la gran tienda de campaña roja de Al Nasir, que se encontraba al frente, rodeada de grandes cadenas y furiosamente protegido por la llamada “Guardia Negra”, compuesta por guerreros negros encadenados provenientes del África subsahariana y de una fiereza sin igual, que defendían al gran califa como su último bastión.

El ejército cristiano se formó para la lucha en tres filas consecutivas. Primero se ubicó la caballería castellana, ocupando el flanco izquierdo Pedro II de Aragón junto con sus nobles aragoneses. El flanco derecho era para los navarros de Sancho VII. En toda la retaguardia, ocupando ambos flancos, se situó la gran milicia castellana, que estaba también acompañada por las Ordenes Militares de Santiago (con su Maestre Frey Pedro Arias), Calatrava (con su Maestre Frey Ruy Díaz de Yanguas), San Juan de Jerusalén (más tarde Orden de Malta, con su Gran Prior de Castilla Frey Gutierre de Armíldez), y Temple (con su Maestre Frey Gómez Ramírez).

Una vez preparados y listos para la batalla, el primero en combatir fue Alfonso VIII con un ataque grandioso de su caballería pesada, que chocó a los pocos segundos brutalmente con la carga de infantería musulmana. A pesar del fuerte choque recibido, los infantes musulmanes descabalgaron a gran parte de los caballeros, a quienes rodearon, pasaron a cuchillo y degollaron, aprovechando una clara superioridad numérica.

Cuando los caballeros cristianos dispusieron su retroceso, el califa intentó evitar dicho repliegue ordenando la segunda ofensiva, lanzando a sus arqueros y a más infantes, provocando así un retroceso aun mayor en las filas cristianas…Alfonso VIII observaba todo con terror, circunstancia aprovechada por Al Nasir que, confiado en su victoria, lanzó la definitiva tercera fila, su tropa de élite y su caballería almohade, queriendo dar por zanjada definitivamente  la batalla.

En ese momento, el Rey Alfonso VIII miró firmemente a los obispos que le rodeaban, a sus amigos los Reyes de Aragón y de Navarra y tomó la desesperada y definitiva decisión: Atacar en bloque, con una grandiosa ofensiva que pasó a la historia como “La Carga de los tres Reyes”, en la que Pedro II, Alfonso VIII y Sancho VII, se situaron al frente de sus ejércitos y, movilizando las Ordenes Militares a todos sus efectivos, animaron y arengaron a todos sus hombres a protagonizar la ultima y heroica carga contra el ejército Almohade. Había que vencer o había que morir, y solamente el Cielo tenía la última palabra.

Nadie en la historia posterior ha sabido explicar bien el porqué de lo que aconteció tras aquella carga cristiana. Ningún experto en estrategia militar ha encontrado jamás explicación lógica a lo sucedido tras la decisión final desesperada de aquellos tres grandes Reyes. Providencia o heroicidad, la realidad fue que ante el estupor de los almohades, la carga cristiana consiguió rebasar todas sus líneas, llegando incluso el Rey de Navarra a alcanzar de lleno las proximidades de la grandiosa tienda de campaña de Al Nasir, arrasando a la temida Guardia Negra y partiendo con su espada aquellas gigantes cadenas que circundaban el refugio del Califa (que huyó apresuradamente a caballo junto a un grupo de leales), y provocando que desde entonces Navarra adoptara para su glorioso escudo aquellas cadenas, símbolo de la hazaña épica protagonizada por su gran Rey.

Tras aquella huida califal, los navarros entraron en el campamento de Al Nasir, seguidos de castellanos, aragoneses y caballeros de las Ordenes Militares, todos ellos vencedores de aquel magnífico acontecimiento.

No sabemos exactamente las muertes producidas en cada bando. Aproximadamente serían unos 100.000 almohades y unos 25.000 cristianos, pero nunca lo sabremos con exactitud.  Lo que sí sabemos con seguridad es que tras aquella batalla, los almohades dejaron de ser la fuerza imbatible entendida hasta entonces, los cristianos comenzaron su rápido ascenso hacia la definitiva toma de Granada y Al Nasir se retiró a la ciudad de Marrakech, donde vivió y donde disfrutó los placeres de la vida hasta su muerte.

 

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