SOBRE EL ORIGEN DE LOS RESTAURANTES

01 mar
1 marzo, 2013

Ciertamente hay cosas en las que pocas veces nos paramos a pensar, y estoy seguro de que poca gente sabe que el concepto de restaurante, ese establecimiento que hoy nos parece indispensable y al que muchos de nosotros acudimos varias veces todas las semanas,  es relativamente nuevo.

Las tabernas y posadas que ya existían en el antiguo Egipto y que posteriormente se extendieron o más bien se replicaron en el Imperio Romano, en la Grecia clásica o en distintos territorios del lejano oriente, eran lugares rudos y a casi siempre muy mal atendidos y poco higiénicos en los cuales el propietario o el tabernero intercambiaba alimentos y bebidas por un puñado de monedas e incluso a veces, mediante el trueque, a cambio de objetos o bienes de distinto tipo. Asimismo, ya en el siglo XII europeo tenemos conocimiento de la existencia de mesones o puestos callejeros en los cuales se vendían comidas, a menudo aprovechando las rutas comerciales que eran frecuentadas por incesantes viajeros hambrientos y sedientos. Además, desde tiempo inmemorial la cristiandad ha atendido y alimentado a través de sus conventos, iglesias y monasterios (recibiendo o no donaciones a cambio), a infinitos necesitados o viajeros que han acudido en busca de su ayuda.

Pero no es hasta el siglo XVIII, concretamente hasta el año 1764, cuando se funda en París el primer restaurante “oficial” de la historia. Dicho local, fundado en la “Rue du Poulies” por un cocinero llamado Dossier Boulanger (quien dió nombre a las famosas “boulangeries”, o panaderías francesas), echó a andar con un menú simple basado en sopas y caldos reconstituyentes que actuaban como grandes restauradores del ánimo y del cuerpo, y tanto fue así que a dichos productos se les empezó a conocer en París como “Restaurants”, por su indudable capacidad restauradora. Y del arco de entrada al restaurante de Monsieur Boulanger, pionero y vanguardista, colgaba un cartel de madera sobre el que se leía, en latín, lo siguiente:  “Venid a mí, hombres de estómago cansado, y yo os restauraré”.

Letrero que colgaba del arco de entrada al primer restaurante de la historia

Letrero que colgaba del arco de entrada al primer restaurante de la historia

Tras el éxito apabullante de aquel local de la calle Poulies, muchos otros se lanzaron a la aventura de crear aquel naciente concepto que básicamente consistía en mejorar todo lo conocido hasta entonces en cuanto al intercambio de alimentos por dinero. Se comenzaron a elaborar las cartas que no solo contenían sopas y caldos sino también otro tipo de productos, se crearon cuberterías y vajillas uniformes, se le empezó a dar gran importancia a una decoración y a una atmósfera que favoreciera la comodidad y el buen gusto. En suma, no solo se perseguía el intercambio básico que se daba en los antiguos mesones y tabernas sino que lo que se quería era crear unos locales donde el ocio, la diversión y el buen ambiente fuera la seña de identidad.

Además, y para destacar sobre la competencia, los primeros restaurantes comenzaron a darle gran importancia al trato y la atención a sus clientes, esforzándose en contratar camareros excelentemente formados, muchos de los cuales habían sido anteriormente mayordomos o criados de la aristocracia parisina que había entrado en bancarrota tras la por entonces reciente caída del “Ancien Regime” y el estallido de la fatídica Revolución Francesa.

Tras el crecimiento imparable de aquellos restaurantes franceses (en 1804, apenas 35 años después de la apertura del local de Boulanger, París ya contaba con más de 500 restaurantes),  la idea se extendió a toda Europa, donde comenzaron a crearse locales cada vez más completos y sofisticados que incluían menús con los productos típicos de cada tierra.

 

 

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